El tiempo no vale nada
Lo reto a usted a que encuentre en esta ciudad un reloj público que funcione, que dé la hora en punto o al menos un aproximado del tiempo real. No lo hallará. Ni siquiera en la fachada de la Terminal de Trenes, donde las inmóviles manecillas marcan siempre las cinco y veinte. No se trata de que tengamos algún tipo de aversión al mecanismo de ruedas dentadas o pantalla digital, sino que entre nosotros el tiempo no vale nada.
Podemos pasarnos una hora en una cola para pagar la electricidad o consumir media jornada en reparar un par de zapatos. Si al final del día hemos podido llevar a buen término al menos una acción, entonces hay motivo para sentirse afortunado. Organizar o tratar de hacer más eficiente nuestro tiempo sólo nos lleva al dilema de caer en la neurosis o en el masoquismo.
¡Qué aventura la de cada día! No saber a ciencia cierta cuándo podremos tomar el ómnibus, recibir un servicio o comprar un boleto. Dichosos nosotros a los que nos da igual que sean las nueve y media o las diez y cuarto. Esos fastidiosos instrumentos que intentan medir -con su tic tac- el paso de los minutos y las horas, sólo nos traen mala conciencia y no nos dejan disfrutar la plácida sensación de perder el tiempo.
Estos jóvenes que hoy veo, ensimismados en su Mp3 y con los pantalones más abajo de la cadera, ansían -como una vez lo soñamos nosotros- el momento de estar “al mando de la casa” y cambiar los muebles, renovar la pintura e invitar a los amigos. Tienen la misma aversión a lo heredado e idéntico deleite por lo prohibido, que todos los que hemos transitado por esa edad. No van a seguir el camino que les han trazado los mayores y –por suerte- no encajan para nada en el ideal del “hombre nuevo”.
Me gusta la manera en que aparentan que nada les interesa, cuando en realidad aguardan por tomar el micrófono, blandir la pluma y levantar el índice. Los observo y no me imagino a estos, que hoy se mueven al ritmo del regetón, ajustando su paso a una marcha militar. Tampoco puedo percibirlos hipnotizados por un líder, dejándose llevar y sacrificándose por él. El hedonismo los salva de la entrega incondicional y cierto toque de frivolidad los protege contra la sobriedad de las ideologías.
Parafraseando al poeta Eliseo Diego, estos simpáticos jóvenes, tienen “el tiempo, todo el tiempo”. Así que por el momento dejan que los más viejos se crean sus compromisos de continuidad y conservación. Ya llegará el día de cambiarle –incluso- la cerradura a la puerta de la casa

